Buenos Aires. Año 2005. Comencemos con la crónica del viaje de una adolescente semi adulta de 20 años que buscaba certezas en un recorrido de 10 días en los pagos del viejo continente, específicamente Londres y Edimburgo. Año difícil para viajar. Nuevamente el país anglosajón desataba el pánico mundial al descubrirse en una valija una especie de explosivo disfrazado como dentrífico. Las nuevas pautas para viajar establecían llevar un bolso de mano de un determinado tamaño que, aunque no se daban a conocer sus medidas, una caja de madera que medía el equipaje en el aeroppuerto determinada si se viajaba o no. Nada de botellas con líquidos y ni pensar en una pasta dental, así que prohibido lavarse los dientes en un viaje de 12 horas.
Un viaje largo, movido, con rumores acerca de misteriosas desapariciones de valijas pero que llegó a destino. La muchacha estaba feliz, tenía sus pertenecias y obviamente, ya podía lavarse los dientes. Un cartel con su nombre marcaba la ruta de su camino. Un señor, que sería su guía, la esperaba con un fuerte apretón de manos, ya que su acostumbrado saludo con un beso en el cachete es poco conocido en tierras inglesas.
La noche en Londres fue algo complicada para su gusto, cierta ley determinaba que a las 23 la mayor parte de los bares y restaurantes cierren. En cambio su circuito turístico diurno fue sumamente exitoso. Enumeremos algunos referentes: Palacio de Buckingham, Parlamento, Big Ben y todos los museos. Una recomendación es el Museo Británico donde permanecen gran parte de las reliquias de la humanidad, como el Partenón con una dedicatoria que aclara como el gobierno inglés ha ayudado a ¿salvar? estos tesoros de la piratería. Continuemos con la feria de Notting Hill, plagada de gente pero con productos variados y a módicos precios. No olvidemos Edimburgo con un Parlamento algo desentonado con su estructura sumamente modernosa en una cuidad medieval en sus formas, la sepultura del economista Adam Smith y aún más importante, no rige en esta ciudad aquella ley que censura las noches, así que... ¡Libertad!
Pero todo viaje termina, facultad, trabajo, leyes de residencia imponían un retorno. Ya tenía aprendida la rutina: nada de líquidos, nada de valijas grandes, estaba con ventajas para su regreso ya que conocía el tamaño que debían tener, aunque sospechaba que la cajita de madera en el aeropuerto de Londres era más pequeña que la de su aeropuerto argentino. No hubo problemas, la cajita levantó la barrera para continuar viaje. Por último estaba preparada para la falta de pasta dental, tenía caramelos.
Con un vuelo suspendido en la escala del aeropuerto de Barajas en España, ese regreso se demoró. La nueva partida la tendría pautada para el día siguiente. La empresa muy amablemente abonó un hotel, comida y unos minutos de llamada telefónica. Ahora la falta de dentrífico se hacía presente y los caramelos se terminaban. Pero no desesperó. Esa adolescente, semi adulta, que conoció el primer mundo y buscaba certezas, las encontró: llevar muchos caramelos pero jamás dejar de disfrutar un viaje.